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El pueblo que ya no está escondido

El pueblo que ya no está escondido

El corregimiento de Villa del Rosario está a cuarenta minutos del casco urbano de Carmen de Bolívar. Está en medio de colinas, entre sus tradicionales plantaciones de tabaco, rodeado del bosque seco tropical de los Montes de María, no tan lejos del mar. Es una tierra que parecía escondida, casi nadie la conoce por su nombre. Pero no es un lugar secreto, la gente lo reconoce como El Salado, el pueblo que conoció Colombia por la violencia, que tiene una herida por la barbarie de la guerra, y que está recuperándose con proyectos de asociatividad para la reconstrucción del tejido social.

El Salado está en los Montes de María, una región geográfica del Caribe colombiano ubicada entre los departamentos de Sucre y Bolívar, está integrada por 12 municipios, pero los habitantes de ese territorio, para entenderlo geográficamente, lo dividieron en parte alta, parte media y parte baja. De esas tres zonas, la más afectada por la violencia fue la parte baja, justamente donde está El Salado, y donde ha sido más compleja la recuperación de las dinámicas sociales, económicas y culturales.

El Salado llegó a ser considerado en la década de los noventa una cabecera urbana, pero la violencia vació sus calles durante dos años. Los primeros en regresar cuentan que al pueblo se lo había tragado el bosque, tuvieron que desenterrar sus casas, la iglesia, los parques, todo estaba escondido entre la maleza y la tierra, como para que no los encontraran nunca más. Sin embargo, la comunidad retornó a su territorio y desde entonces ha tratado de reconstruir la confianza colectiva.

En la parte alta y media de los Montes de María no se registró tanto desplazamiento, la gente tuvo resistencia y mayormente permaneció. En la zona baja fue más crítico. El joven que nació en la zona alta y media, creció con referentes. En la zona baja la población es mayormente reubicada y encontraron un entorno pacífico que quieren levantar con el apoyo y las oportunidades que les den”, explica Edgardo Flóres Martínez, un líder social de la región.

Por su conocimiento del territorio y de sus habitantes, Edgardo es también el representante de la comunidad en la Fundación Crecer en Paz. Es un hombre que habla pausado. El tiempo de los afanes ya le pasó. Ahora, prefiere escoger cuidadosamente las palabras para construir acuerdos colectivos. Sólo levanta la voz cuando siente que desconocen el trabajo que se ha hecho en la región para recuperar el tejido social y dignificar la labor de la comunidad campesina, entonces se le escucha hablar con firmeza, con orgullo montemariano:

No estoy de acuerdo con las personas que hablan de los Montes de María sin conocer la realidad del territorio, porque esa descontextualización puede exacerbar problemáticas que estamos superando. Además, hemos tenido buenos resultados: en la parte alta y media tenemos asociaciones de campesinos ya creadas, como Aspromontes y Agroesmeralda, que son el futuro de la región y un ejemplo a seguir en la parte baja, donde estamos en la tarea de recuperar el tejido social. Allá hay asociaciones de jóvenes, por ejemplo, que han liderado procesos de asociatividad muy importantes con el apoyo de la Fundación Crecer en Paz”, asegura Edgardo, quien agrega con orgullo que el conglomerado campesino de los Montes de María se ha transformado en una importante despensa de alimentos para el país, pero además que será ese conglomerado el titular de la tierra cuando se adelanten los procesos administrativos que hacen falta.

Es que, contrario a lo que ocurrió con otras organizaciones sin ánimo de lucro en el territorio, en lugares como el Salado, Edgardo asegura que la Fundación Crecer en Paz ha logrado un verdadero legado de transformación: “Como El Salado es un referente mundial, servía a ONG y fundaciones para elevar su perfil y solicitar recursos, pero los proyectos se acababan y la comunidad quedaba abandonada, con intervenciones a medias. Esos proyectos, además, no tenían lo fundamental, que es la tierra”.

Sin embargo, Edgardo asegura que con la Fundación Crecer en Paz todo ha sido muy diferente: “Sus proyectos de asociatividad han sido un laboratorio social y empresarial con grandes victorias: se trata de desaprender obsoletas costumbres y de tener disposición para conocer nuevas y buenas prácticas, porque la prioridad es el medio ambiente. Además, las asociaciones campesinas han dado pasos hacia el empresarismo. En general, es una gran transferencia de conocimiento entre Crecer en Paz y las asociaciones conformadas en la región, y que ha respetado el sentir de las comunidades campesinas con ejes transversales: dignificación de la vida, protección del medio ambiente y la máxima de este trabajo: dejar la tierra en manos del campesinado de la región y en condiciones de dignidad, pues no es suficiente sólo entregar la tierra”.

Una de las asociaciones de jóvenes a las que se refiere Edgardo es Asoprojos. Se dedican a la apicultura y el recipiente en el que envasan y comercializan su producto dice: “Miel, lo dulce de El Salado”. Es que el trabajo con abejas se ha convertido en la esperanza de una región que, tradicionalmente tabacalera, ha llegado a un punto de alta calidad en la producción de miel, lo que les ha permitido equilibrio socioeconómico a nueve asociados de Asoprojos y sus familias. Son cerca de cuarenta personas que tienen el orgullo de decir que el producto de su trabajo en equipo se consume en reconocidos restaurantes como Crepes and Waffles y en diferentes regiones del país. 

Gilberto Cohen Álvarez fue uno de los jóvenes campesinos que fundó en 2010 Asoprojos. Hoy pasa los 30 años y es padre de familia. Recuerda que de El Salado salieron huyendo cientos de personas hacia Carmen de Bolívar, Cartagena, Barranquilla, Sincelejo, Bogotá y hasta Venezuela. Hoy, lo único que quieren que salga de El Salado, es su miel hacia todos los rincones del planeta.

La historia de esta zona es de guerra, de muchas disputas por el territorio y el poder, por eso salimos, pero el campesino sufre en la ciudad porque vive en la miseria. Entonces volvimos y, con el apoyo de la fundación Semana, luego de la Fundación Argos y ahora de la Fundación Crecer en Paz, desarrollamos un proyecto apícola que hoy nos tiene produciendo y comercializando entre dos y tres toneladas de miel al año. La vida se nos transformó al cien por ciento”, asegura Gilberto, quien habla con desenvoltura de su proyecto productivo. Dice que la asociatividad no sólo mejoró sus habilidades comunicativas, sino que les creo compasión y sentido de pertenencia por el bosque, que ya no se tala ni se quema ni se envenena. La asociatividad también les dejó amigos por toda la región:

En esta región también cambiaron los lazos entre las personas, se ha recuperado la confianza, el tejido social. Ahora las veredas están conectadas, tengo amigos en todas partes, y hasta me ofrecen dormir en sus casas si me coge la noche en los caminos”, dice Gilberto.

La sede de Asoprojos, una casa blanca que huele a miel, está ubicada en una calle bonita, de casas con fachadas multicolor que ya no están vacías. En alguna de ellas ondea una banderita de Colombia. Al final de la cuadra hay una cancha de fútbol sintética y un colegio con la algarabía de niñas y niños. El corregimiento de Villa de El Rosario-El Salado está en medio de colinas, entre sus tradicionales plantaciones de tabaco y colmenas de abejas, rodeado del bosque seco tropical protegido por los campesinos de los Montes de María, muy cerca del mar, y ya no está escondido.

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